Desde que empezó el confinamiento salgo a aplaudir con mis hijos. Los primeros días miraba sin mucho interés a un lado y otro de la calle, veía quien se asomaba y si alguno mostraba signos de estar enfermo. Cumplíamos con los sesenta segundos y entrabamos corriendo como si el aire pudiese infectarnos. Ni saludo ni sonrisa. No conocía a nadie, no sé si por la vida que llevo o el tipo de vivienda, unifamiliar. Hasta hace tres semanas mi relación con todos ellos era un saludo formal. Desconocidos compartiendo una calle, una acera, un parque y frecuentando la misma panadería, idéntico Mercadona y a deshoras, mal y nunca, el gimnasio. Un par de días no me di cuenta de la hora y no salí a dar con mis aplausos ese aliento que necesitan los que están en el frente, pues esta es una guerra que se libra con un ...